Tras más de 70 años de historia, la industria azucarera chilena enfrenta un punto de quiebre. La empresa IANSA anunció que dejará de comprar remolacha a productores nacionales a partir de la temporada 2026-2027, marcando el cierre de un ciclo clave para el agro del país.
La decisión responde a un cambio estratégico: la compañía optará por procesar azúcar de caña importada, argumentando que los bajos precios internacionales y el aumento sostenido de los costos locales han hecho inviable mantener la producción nacional.
El impacto será especialmente fuerte en la zona centro-sur, particularmente en la Región de Ñuble, donde la planta de San Carlos se mantenía como el último gran polo de producción. Cerca de 240 agricultores se verán directamente afectados, generando preocupación tanto en el Gobierno como en la Sociedad Nacional de Agricultura por las consecuencias económicas y laborales.
Con esta medida, Chile pasará a depender completamente del mercado externo para el abastecimiento de azúcar, ya sea mediante importación directa o refinación de materia prima extranjera.
El fin de la remolacha azucarera no solo representa un cambio productivo, sino también simbólico: el cierre de una tradición agrícola que por décadas sostuvo economías locales y comunidades completas.
Ahora, el desafío estará en la reconversión de los productores, en un escenario donde el agro chileno enfrenta una transformación profunda y nuevas exigencias del mercado global.